Innovació social i estat de benestar: un futur a construir

 Article publicat a Catalunya Plural (11/5/2022)

https://catalunyaplural.cat/ca/innovacio-social-i-estat-de-benestar-un-futur-a-construir/

La acción colectiva se expresa de formas muy diversas, con múltiples tensiones e impactos sobre la esfera institucional. Serían inimaginables los avances en derechos socioeconómicos, culturales o de género sin atender a los efectos de los grandes ciclos de movilización que tuvieron lugar en el siglo XX: tras la segunda guerra mundial o tras el mayo del 68. En las últimas décadas, el nuevo contexto histórico, marcado por cambios sociales profundos y por la emergencia de una nueva era urbana, transforma las coordenadas de la acción colectiva: hacia prácticas más diversificadas; y hacia lógicas más ‘situadas’, fuertemente conectadas a los lugares de la cotidianidad. Estos nuevos parámetros ofrecen una ventana de oportunidad para avanzar hacia una ciudadanía social más democrática y localizada, hacia un estado de bienestar orientado a lo común.     

Los elementos de contexto

La última década dibuja un tiempo marcado por dos crisis profundas: la Gran Recesión, con sus enormes impactos sociales en un marco de gestión austeritaria; y la Pandemia, con sus efectos sobre la salud, la actividad económica y las condiciones de vida de los colectivos más vulnerables. Pero más allá de las crisis y sus esquemas concretos de respuesta, subyacen también dinámicas de cambio de época. Se alteran los vectores que habían vertebrado la sociedad industrial. Se desencadena un ciclo de transiciones intensas, múltiples y aceleradas (crisis climática, disrupción digital, incertidumbre y complejidad social, ejes emergentes de conflicto político…) llamadas a redibujar las trayectorias personales y los horizontes colectivos que surcarán el siglo XXI.

En la dimensión espacial, la sociedad industrial cristalizó en el territorio sociopolítico de los estados; el tiempo nuevo se expresa con fuerza en las redes de ciudades. En Hábitat III, 2016, se constata que un 54% de la población mundial es urbana.  Si la dinámica no se trunca, las ciudades pueden llegar a alojar al 70% de la humanidad en 2050. Más allá de las variables demográficas, las ciudades adquieren una clara centralidad en las dinámicas de cambio de época. El escenario emergente presenta un fuerte sesgo urbano. a) En su configuración: la transición digital y la financiarización consolidan la red de metrópolis globales. b) En sus impactos: la vulnerabilidad y la segregación residencial se sitúan en el núcleo de la nueva estructura de riesgos sociales. c) En las respuestas: se despliega el ciclo de innovación municipalista, en el terreno institucional; y el ciclo de diversificación y expansión de la acción colectiva, en el campo de la ciudadanía.

Las nuevas dinámicas de acción colectiva

El doble contexto de transiciones sociales y de desarrollo de la era urbana enmarca el despliegue de un nuevo ciclo de acción colectiva, caracterizado por dos elementos clave. En primer lugar, el giro espacial y cotidiano. A la época de las grandes narrativas y sus movimientos sociales (la sociedad industrial), le sucede un nuevo escenario de prácticas colectivas cuya activación no se produce tanto desde marcos ideológicos sino desde la propia experiencia de los agravios: las personas y poblaciones afectadas devienen activistas. Las movilizaciones y las iniciativas se vinculan a los territorios, a los entornos de vida cotidiana. El hábitat y la proximidad pasan a jugar un papel vertebrador: lo comunitario se convierte en un vector básico de las lógicas emergentes de acción colectiva en el siglo XXI. En segundo lugar, la diversificación y la expansión de prácticas prefigurativas. El siglo XX viene marcado por el predominio de la acción colectiva contenciosa, la desplegada por los movimientos sociales, y arraigada en lógicas de resistencia, denuncia y construcción de conciencia e identidad. En las dos últimas décadas, a esa lógica se suma una acción colectiva encarnada por prácticas de solidaridad y construcción de alternativas. Se trata en realidad de acciones prefigurativas vinculadas a tradiciones autogestionarias y cooperativistas que cobran hoy un nuevo significado histórico. Ambos tipos de acción mantienen operativo un horizonte de incidencia política, como lógica de anclaje de avances cuando se abren brechas de oportunidad.

Un ciclo innovador de movimientos sociales

En las décadas en torno al cambio de milenio se desarrolla una fase de innovaciones relevantes en la dimensión contenciosa de la acción colectiva: se renuevan repertorios (acampadas por el 0,7%, caceroladas contra la guerra…) y se amplian temáticas de movilización: antiracismo, foros sociales mundiales, agenda LGTBI, movimiento okupa… El gran estallido ciudadano del 15M de 2011 marca un nuevo punto de inflexión: retorna el conflicto socioeconómico; y el giro espacial se asienta con fuerza. Emerge un conjunto de dinámicas de movilización conectadas a problemas globales, pero cuya expresión se produce en lo cotidiano. Las grandes narrativas pueden operar como referentes simbólicos y marcos de valores, pero los procesos de denuncia/resistencia generan prácticas fuertemente ‘situadas’: cobran sentido en el territorio.

Asistimos a unos años marcados por el ‘sí se puede’ de la PAH contra los deshaucios, y por el nuevo sindicalismo urbano frente a la especulación y la exclusión habitacional (Sindicato de Inquilin@s); por la acción colectiva de las mujeres en marcos precarizados de economía urbana (Kellys, Sindihogar) y por las mareas ciudadanas en defensa de los servicios públicos (educación, sanidad, cultura). Emergen todos ellos como sujetos que comparten situaciones de explotación de sus respectivas vulnerabilidades. Se articula lo personal y lo comunitario: la autonomía individual se vincula a la reapropiación colectiva de la vida cotidiana. Desde esas nuevas ‘éticas del nosotros’ se generan formatos innovadores de movilización: crean relatos con alta capacidad de creación de sentido común de época; y desencadenan prácticas de carácter rompedor, pero reconocibles a la vez desde las trayectorias y vivencias cotidianas de las personas protagonistas.

La acción colectiva prefigurativa: prácticas de autonomía y cooperación

En paralelo a los cambios en las dinámicas de movilización, cobra fuerza una realidad que conecta la acción colectiva con la construcción del común: la dimensión prefigurativa vehiculada a través de experiencias de autogestión urbana, prácticas de innovación social e iniciativas ciudadanas de solidaridad. Son acciones que, desde la voluntad de ir más allá de las lógicas de denuncia, situan la cooperación como eje de su propio desarrollo. Una nueva gramática de disidencias creativas: espacios de autonomía con voluntad de construir alternativas tangibles, realidades con capacidad de prefiguración de lo deseado a escala general.

a) Las experiencias de autogestión urbana toman forma como expresiones locales y cooperativas del ciclo alterglobalizador. Se da en ellas una fuerte presencia de la ‘cultura de la autonomía’ que cristaliza en iniciativas de autotutela de derechos, siendo referentes los bloques de viviendas okupadas, las escuales populares o los espacios y equipamientos autogestionados. b) Las prácticas de innovación social nacen conectadas a la cobertura de necesidades básicas y no renuncian a alterar relaciones de poder en el territorio. Su irrupción se encuentra relacionada con los impactos de la Gran Recesión. La reactivación económica posterior ofrece un contexto que permite transitar de prácticas reactivas a estratégicas, que erigen modelos alternativos de producción y acceso a bienes comunes: desde grupos de crianza compartida hasta cooperativas de consumo agroecológico; desde masovería urbana hasta comunidades energéticas locales.  c) La pandemia y sus efectos provocan un nuevo giro en la lógica colaborativa: emergen redes e iniciativas ciudadanas de solidaridad orientadas al apoyo mutuo, a la activación de lazos vecinales, para enfrentar las vulnerabilidades relacionales y materiales que la covid-19 deja al descubierto. Se intensifica la dimensión comunitaria del bienestar, por medio de lógicas de apoyo y reciprocidad. A escala metropolitana de Barcelona, la encuesta de convivencia del IERMB ha hallado un fortalecimiento de las interacciones vecinales de carácter informal, en el marco de los espacios cotidianos (escaleras y bloques de viviendas; microbarrios…) con mayor densidad relacional. 

El proyecto de investigación colaborativa SOLIVID[1] ha contribuido a localizar y estudiar más de 3.000 iniciativas ciudadanas en territorios y paises de América Latina y sur de Europa. Emerge una geografía compleja de solidaridades que se debate entre prácticas efímeras de choque y apuestas estratégicas; entre la activación de capital social preexistente y nuevas conexiones con exclusiones múltiples; entre formatos organizativos más o menos innovadores; entre lógicas de asistencia y la producción de subjetividades colectivas. Y todo ello cruzado por una dimensión de género que expone tanto brechas ampliadas como espacios de construcción de igualdad y reconocimiento.

Acción colectiva y estado de bienestar

Más allá de estos elementos, aparece un aspecto clave que requiere una reflexión específica: la articulación entre la acción colectiva y la esfera institucional. ¿Hasta qué punto la interacción entre iniciativas ciudadanas y políticas públicas de proximidad puede funcionar como motor de cambios en el modelo de bienestar, como oportunidad de construcción de lo común? El estado de bienestar keynesiano se inscribió en una doble coordenda institucional: un modelo de democracia representativa con procesos limitados de implicación ciudadana; y un esquema burocrático de gestión pública heredero de dogmas weberianos. Ambos parámetros guardan relación: una democracia de baja calidad participativa encaja bien con una administración de baja intensidad deliberativa. Hoy, en pleno siglo XXI, con el fortalecimiento político de la proximidad -de la mano del nuevo municipalismo- y las nuevas formas de acción colectiva se abre una ventana de oportunidad: la articulación entre lo institucional y lo comunitario en una esfera pública compartida. Se trataría de explorar un nuevo espacio de encuentro y de alianzas entre el potencial universalista de las políticas públicas y el potencial democratizador del tejido ciudadano: un reconfiguración del estado de bienestar, orientada a vertebrar lo común más que a gestionar burocracias. 

Este horizonte puede enmarcarse en tres coordenadas: a) El valor de la comunidad como lugar de vinculación entre las personas en entornos de cotidianidad. El sentimiento de pertenencia, la existencia de relaciones de apoyo y reciprocidad convierten espacios en lugares: geografías con significados colectivos. En sociedades complejas el modelo de ciudadanía debería aportar anclajes comunitarios, mixturas  y fraternidades como condiciones de construcción de igualdad. b) El valor del ‘commoning’ como lógica de acción orientada a la construcción de lo colectivo: la búsqueda del bien común a partir de procesos de coproducción entre actores. c) El valor de las redes como forma de articulación en clave de horizontalidad. La gobernanza adopta aquí una arquitectura de sujetos interdependientes. Los avances sociales no pueden ser ya el producto de la acción institucional unilateral sino el resultado del intercambio de recursos entre escalas de gobierno, tejido comunitario y ciudadanía. Estas tres coordenadas pueden fundamentar estrategias diversas de colaboración público-social en escenarios de proximidad:

-Articular marcos de apoyo a las prácticas ciudadanas. La autogestión urbana, la innovación social y la solidaridad comunitaria configuran el tejido de la acción colectiva prefigurativa. La mayoría de esas prácticas emergen en contextos de cotidianidad y no resulta fácil extenderlas. Muchas de ellas nacen desde lógicas reactivas y hallan dificultades para transitar hacia modelos alternativos y estratégicos. Buena parte se desarrollan en barrios de capas medias, de modo que es el capital social y no la vulnerabilidad lo que actúa como fuerza motor de tales pràcticas. La construcción de lo común supone aquí la intersección de esas iniciativas con lo institucional a través de marcos de apoyo que pueden implicar: a) el ‘scaling up’: llevar las iniciativas solidarias más allá de sus límites territoriales y poblacionales originales, con la dimensión digital como brecha de oportunidad; b) el ‘scaling out’: impulsar la réplica de las prácticas más exitosas y su interconexión por medio de redes horizontales, ampliando así el alcance sin perder las ventajas de la proximidad; c) el reequilbrio socioespacial: contribuir a una difusión social y territorial equilibrada de las iniciativas, poniendo el énfasis en su penetración entre los grupos y los barrios de elevada vulnerabilidad.

-Impulsar relaciones estables de coproducción con las prácticas ciudadanas. Asumir los límites respectivos de las políticas públicas tradicionales y de las dinámicas de acción colectiva, debería ser un acicate para el impulso de acciones conjuntas en base a marcos de colaboración estables. La resiliencia de las ciudades ante una crisis profunda e intensa como la actual pasará, en buena medida, por la capacidad de tejer redes de colaboración público-comunitaria que aúnen los recursos institucionales con las energías sociales que la propia crisis ha contribuido a activar. Ello puede plasmarse en un mínimo de tres tipos de alianzas: a) los planes de barrio orientados a reforzar capacidades vecinales de gestión y resolución de problemas, y a dotar de naturaleza comunitaria a las redes de servicios públicos de proximidad; b) la cocreación de políticas, como procesos de implicación del tejido social en todo el ciclo de diseño e implementación, para sumar conocimientos distribuidos y sintetizar inteligencias colectivas; c) la gestión ciudadana de servicios y espacios, para transitar de equipamientos públicos a bienes comunes; para convertir las geografías físicas de prestación de servicios en geografías colectivas de construcción de ciudadanía.

En síntesis, la Gran Recesión primero y la Pandemia después han generado condiciones de extensión e innovación de la acción colectiva. Junto a ello, las transiciones del cambio de época han ido trazando coordenadas de reconstrucción de la ciudadanía más allá del estado de bienestar clásico. En este nuevo campo de juego surge la posibilidad de conectar las políticas sociales de proximidad con las iniciativas ciudadanas de solidaridad, y articular así el campo de lo común como semilla de transformaciones y como gramática de un nuevo contrato social para el siglo XXI.



[1] https://www.solivid.org/ Investigación en red impulsada por GURB, IGOP e IERMB (UAB)


Espacios y políticas para construir fraternidad

 Article amb Ismael Blanco, publicat a ElDiario (7/2/2022)

https://www.eldiario.es/catalunya/espacios-politicas-construir-fraternidad_129_8704388.html

Desigualdades sociales y esferas de segregación

Hacia finales de los años 70 del siglo XX se produce una inflexión, a escala global, en la dinámica de distribución social de la renta: se abre un ciclo de crecimiento intenso de las desigualdades en buena parte del mundo. Al entrecruzarse con variables de género, edad, origen y residenciales, el incremento de la desigualdad da lugar a unas estructuras socioespaciales más complejas y fragmentadas. En la última década se han acelerado este tipo de procesos: primero como consecuencia de la gran recesión de 2008 y sus políticas de austeridad; de forma más reciente, como consecuencia de la crisis sanitaria, social y económica provocada por la pandemia.

El crecimiento reciente de las desigualdades se produce en un marco de fuertes interacciones con las dinámicas de segregación social, es decir, con la tendencia de distintos grupos a separarse en su cotidianidad, de manera que las vidas de unos y otros transcurren en espacios no compartidos, con interaccioners escasas entre ellos. La segregación resulta por tanto en la práctica inexistencia de mixtura; expresa la fragilidad o ausencia de escenarios de mezcla, de comunidades con vinculaciones cruzadas. Sucede que cuando la construcción de igualdad se debilita, las segregaciones tienden a ensancharse; la cristalización progresiva de esferas segregadas genera entonces nuevas condiciones de ampliación de desigualdades. En sentido opuesto, la existencia y la calidad de espacios de mixtura, de comunidades diversas con alta densidad relacional, opera como factor promotor de horizontes de equidad. Es el núcleo de la tesis de Klinenberg en ‘Palacios del pueblo’ [i]: la construcción de valores compartidos requiere espacios compartidos. Una sociedad más igualitaria exige una infraestructura social que la sustente en términos de cotidianidad.

¿Transitan nuestras vidas por esferas de segregación, con mayor o menor intensidad según en qué ámbitos? ¿Operan estas fragmentaciones como motor de crecimiento de la desigualdad?. En ‘¿Vidas segregadas?. Reconstruir fraternidad’ [ii], libro colectivo de próxima aparición, se exploran elementos de respuesta. Emergen los rasgos que caracterizan esas esferas de vida donde las desigualdades cristalizan en segregaciones, allí donde la cotidianidad se fractura. Son procesos de fragmentación socioresidencial, junto a lógicas de desvinculación relacional y fragilidad comunitaria, así como segregaciones con sesgos de clase y género en las dinámicas cotidianas de movilidad. Son escuelas y redes de escolarización segregadas, junto a espacios educativos extraescolares fuertemente excluyentes, así como lógicas fragmentadas de acceso y práctica cultural. Son esferas segregadas de atención sanitaria según niveles de renta, y ‘desiertos de alimentación saludable’ en barrios de alta vulnerabilidad. Son finalmente capacidades institucionales y cívicas en barrios de rentas medias, junto a áreas de alta vulnerabilidad privadas del capital relacional necesario para revertir sus múltiples desventajas.

La acumulación de este conjunto de dimensiones ofrece el mosaico de la segregación cotidiana. Para superar esta lógica, e impulsar transiciones hacia escenarios de mixtura igualitaria se hacen necesarias políticas públicas de nuevo tipo y prácticas de innovación social, así como pautas de interacción entre ellas: espacios de construcción de lo común, ‘palacios del pueblo’.

Hacia un nuevo contrato social: políticas para construir fraternidad

El contrato social posbélico implicó en la Europa democrática un amplio ejercicio colectivo de solidaridad. Las instituciones de bienestar, sobre todo las de carácter universal, impulsaron el encuentro entre grupos sociales con independencia de sus niveles de renta y mantuvieron por tanto activas las condiciones cotidianas de la igualdad. Pero el estado de bienestar no sólo ha actuado como palanca de igualdad y de mezcla. En ciertas circunstancias ha operado también como factor de segregación. Cuando las políticas sociales no son universales (por ejemplo, programas selectivos por niveles de renta), ni se incardinan en procesos de construcción de comunidad (por ejemplo, equipamientos públicos ajenos al tejido social del territorio) pueden contribuir a reforzar dinámicas de fragmentación. Un ejemplo histórico de este fenómeno, de nítidas características socioespaciales, fue la construcción masiva de vivienda pública en las periferias de las grandes ciudades europeas: el derecho a la vivienda se hizo tangible en términos de segregación urbana.

Hoy, en un contexto de cambio de época, la reconstrucción de ciudadanía y sus coordenadas de debate deberían situarse en el tipo de valores y políticas necesarias para tejer igualdades y mezclas, para hacerlo respetando diferencias y autonomías. ¿Cómo erigir una dimensión de fraternidad potente en el núcleo de una ciudadanía social posible para el siglo XXI?. ¿Puede dibujarse una agenda de transición hacia escenarios cotidianos de mixtura igualitaria?. Emerge el reto de explorar políticas y prácticas orientadas a rearticular espacios compartidos y vínculos, a generar lugares y redes de mezcla e hibridación de grupos y funciones. Parece evidente, además, que la vertiente de fraternidad debería tejerse desde políticas de proximidad y por tanto desde poderes locales más fuertes; así como desde la profundización democrática y por tanto desde la cocreación ciudadana de esas políticas. Podemos considerar cinco ejes vertebradores. Ámbitos donde tejer el entramado político y comunitario de la mixtura: ese nuevo contrato social que, ahora sí, articule igualdad con fraternidad.              

- Regeneración urbana. El conjunto de vulnerabilidades vinculadas a la segregación y la exclusión habitacional ganan centralidad en la estructura emergente de riesgos sociales. Frente a hábitats fragmentados y desiguales, surge la necesidad de una bateria de políticas urbanas por el derecho a la ciudad, como componente clave de la agenda de fraternidad: el acceso a la vivienda en todos los entornos urbanos; la seguridad residencial ante dinámicas de gentrificación; la mejora de barrios vulnerables ante dinámicas de degradación; y la configuración de espacios urbanos para la movilidad saludable. Una agenda contrasegregadora orientada a crear cotidianidades compartidas en lugares de mixtura social y funcional.     

- Inclusión social e interculturalidad. Los escenarios de fragmentación desigual cristalizan en el espacio urbano, y lo hacen también en su geografía humana: interaccionan vulnerabilidad residencial y exclusión social. Las estrategias de inclusión deberían desarrollarse en dos campos principales. a) La pobreza severa remite al fortalecimiento de las redes de servicios sociales. Frente a las fracturas en el tejido de la cohesión, resulta fundamental la existencia de unos servicios sociales universales, promotores de la autonomía personal y los lazos comunitarios, con capacidad de impulsar lógicas de empoderamiento que situen a personas y colectivos vulnerables como sujetos activos de sus propios itinerarios de inclusión. b) Las ciudades han ido transitando hacia la heterogeneidad de orígenes. La agenda de fraternidad remite al modelo intercultural, definido por la voluntad de generar simultáneamente condiciones de igualdad política, inclusión social y reconocimiento cultural. Y tanto más importante: sin coexistencias cotidianas en paralelo. Con reglas de juego acordadas que hagan posible la interacción, barrio a barrio. 

-  Acción comunitaria. La segregación comunitaria implica múltiples fragilidades en la esfera relacional: interacciones débiles y lazos solidarios escasos; soledades forzadas y dinámicas de aislamiento; vidas desvinculadas de sus entornos. La acción comunitaria como gramática de respuesta se orienta al empoderamiento personal y colectivo basado en la centralidad de los vínculos y la densidad relacional. En sociedades complejas, la ciudadanía -junto a componentes de justicia espacial e inclusión social- debe aportar anclajes comunitarios de vida cotidiana. En clave de políticas públicas, la acción comunitaria puede desplegarse a través de: a) la lógica territorial: planes y marcos de gobernanza a escala de barrio como espacios de cooperación público-vecinal de carácter integral; b) la lógica del commoning: consolidación del tejido de lo común por medio de articulaciones estables entre la acción colectiva y las instituciones de proximidad (cocreación de políticas, gestión comunitaria de servicios…); c) la lógica infraestructural: acciones impulsadas desde las redes de servicios públicos (educación, cultura, salud, cuidados…) para dotar de dimensión comunitaria al bienestar; lógica que remite a los equipamientos de proximidad y a la necesidad de convertirlos en bienes comunes, como aportación a la agenda de la fraternidad.

- Territorios de educación y cultura. La escuela pública constituyó un eje central de igualdad en el contrato social del siglo XX; la articulación de educación, cultura y comunidad podría construir una dimensión clave de la agenda de fraternidad en el contrato social del siglo XXI. Transitar hacia un escenario de educación fraternal implica, en primer lugar, revertir el conjunto de factores que generan segregación escolar: poner fin a esquemas duales (pública/concertada) que allanan los caminos de huida de las clases medias Pero la desegregación educativa debe ir más allá de las escuelas. Ello conduce a dos ideas-fuerza. a) La ampliación educativa hacia el conjunto de los ciclos de vida (universalizar los servicios educativos y de cuidados de 0 a 3 años). b) La ampliación educativa hacia el conjunto de entornos de vida cotidiana (revertir la segregación en actividades extraescolares; conectar escuelas y barrios). La vinculación cultura-educación, finalmente, emerge como el marco básico donde ubicar la superación de las segregaciones culturales. Los escenarios de fragmentación se expresan hoy en circuitos de consumo, más que de participación cultural; y de mercado, más que de derechos culturales. La transición debería articular un entramado de actividades culturales inclusivas y de proximidad, así como dotar de centralidad a los espacios comunitarios  y reconocer los activos culturales ciudadanos no formalizados.

- Barrios y vidas saludables. La conexión salud-alimentación-ecología aparece como pieza clave en la transición hacia nuevos escenarios cotidianos de mixtura. En el terreno de la salud puede plantearse por un lado un giro hacia la proximidad, fortaleciendo la red de centros de atención primaria en los barrios. Y por otro lado un giro comunitario que permita forjar procesos de construcción colectiva de la salud entre recursos públicos y tejido vecinal-asociativo. En la dimensión alimentaria, priorizar la acción contrasegregadora implica reforzar de forma articulada el eje social: cobertura de necesidades alimentarias de personas y colectivos en riesgo de exclusión; el eje territorial: mejora de los entornos alimentarios locales en barrios de rentas bajas; y el eje comunitario: apoyo a iniciativas ciudadanas de solidaridad alimentaria y de consumo agroecológico. No podemos olvidar, por último, las segregaciones vinculadas a los determinantes ambientales de la salud. Los barrios frágiles sufren de forma más intensa las consecuencias del cambio climático y de la contaminanción. Es por ello que las políticas urbanas de transición energética y movilidad sostenible son relevantes en tanto que políticas de salud y resultan además fundamentales en su contribución a la justicia socioespacial.

En síntesis, construir ciudadanía social en el siglo XXI es tarea compleja y necesaria. Las dimensiones del cambio de época nos ubican en transiciones vitales inéditas. Tejer un contrato social conectado a las nuevas realidades supone redibujar muchas coordenadas del viejo modelo de bienestar. Implica, en todo caso, superar las relaciones contradictorias entre los regímenes de bienestar clásicos y las esferas cotidianas de segregación. Explorar caminos que hagan posible forjar una agenda de fraternidad como dimensión central de los procesos de innovación y cambio; trazar geografías compartidas como infraestructuras cotidianas de emancipación; diseñar políticas públicas de generación de mixturas, y prácticas colectivas donde producir los vínculos cotidianos de esas mixturas. Tal vez así pueda reescribirse la gramática de la igualdad. Tal vez así pueda tomar un nuevo sentido la pulsión humanista del viejo estado de bienestar.

 



[i] Klinenberg, E. (2021) Palacios del pueblo. Políticas para una sociedad más igualitaria. Madrid: Capitan Swing

 

[i][i] Blanco I. Gomà R. (coord.) (2022) ¿Vidas segregadas?. Reconstruir fraternidad. València: Tirant (de próxima aparición). Antón, F; Barbieri, N; Benach, J; Bonal, X; Checa, J; Cruz, H; Domene, E; Donat, C; Garcia, M; Garcia, X; González, S; Navarro, L; Nel·lo, O; Pérez, M; Pérez, N; Pericàs, J.M; Pindado, F; Porcel, S, i Rebollo, O.

 

 

 

Tejer ciudadanía social más allá del estado de bienestar

 Article amb Gemma Ubasart, publicat a El País, 13/12 2021

Venimos de una década convulsa. La Gran Recesión golpeó los parámetros económico-financieros de la globalización desregulada. Y su gestión política, en clave austeritaria, configuró la fase más intensa del ciclo neoliberal. La Pandemia altera las coordenadas. Resurge lo colectivo como necesidad humana, más que como opción disponible en el abánico ideológico: ahí está la puesta en valor de servicios públicos y prácticas solidarias; ahí está el esquema europeo de reconstrucción. Pero más allá de crisis cíclicas y respuestas coyunturales, subyacen también dinámicas de cambio de época en múltiples dimensiones. La última década dibuja un tiempo de transformaciones intensas, diversas y aceleradas, llamadas a redibujar trayectorias personales y horizontes colectivos: emerge una nueva era. En la esfera socioeconómica se despliegan los procesos de transición tecnológica; se extiende la financiarización y sus lógicas especulativas; se redefinen factores de desigualdad y expresiones de vulnerabilidad. En la esfera sociocultural irrumpe un mundo de complejidades cotidianas, de discontinuidades vitales e incertidumbres biográficas. En la esfera ecológica se agudizan los riesgos ambientales socialmente producidos; se dibujan procesos de gentrificación, segregación y geografías de despoblación. En la esfera política se redefinen referentes de pertenencia; afloran energías ciudadanas de nuevo tipo; y se configuran coaliciones en torno a dimensiones emergentes de conflicto.

Explica Hirschman en ‘Retóricas de la intransigencia’ que ante los escenarios de cambio de época surgen pulsiones conservadoras capturables en tres tesis: futilidad, riesgo y perversidad. La futilidad supone la banalización del cambio. Riesgo y perversidad implican una lógica de fatalidad: el cambio llevaría a cuestionar conquistas y agravar problemas. Si eso fuera así, bastaría forjar estrategias entre el inmovilismo y la resistencia. Pero otra mirada es posible. Las dimensiones del cambio de época pueden ser leídas como coordenadas de reconstrucción de ciudadanía. El contexto actual de emergencia climática e incertidumbres postpandémicas resulta el escenario donde cartografiar los contratos sociales, ecológicos y de género para el siglo XXI: un entramado de derechos conectados a la sociedad surgida de las grandes transiciones, y a su nueva estructura de riesgos colectivos. Parece evidente que entre todo ello y las lógicas fordistas-keynesianas que alumbraron los regímenes de bienestar del siglo XX  se abre un abismo. Se trata de un desencaje de época que convoca a explorar políticas de nuevo tipo y nuevas formas de producirlas. A situar al estado de bienestar frente al espejo del cambio de era. Emergen tres esferas propositivas clave. 

1) Enlazar igualdad con diferencias y autonomía con vínculos. El tiempo nuevo viene cruzado por tensiones: ejes emergentes de desigualdad, discriminación, ausencia de libertad y exclusión relacional. La reconstrucción de derechos debería conducir a espacios de equidad (forjar igualdad), diversidad (reconocer diferencias), autodeterminación personal (generar autonomía) y comunidad (articular vínculos). La gramática de una ciudadanía social posible para el s.XXI se escribe en la conexión de igualdad con diferencias y de autonomía con vínculos. Materializar la construcción de equidad en un marco de diversidades puede requerir, en clave de políticas, cuatro giros sobre los términos del viejo contrato social: hacia la predistribución, más allá de lógicas redistributivas clásicas; hacia los feminismos, más allá de las relaciones de género dominantes; hacia la interculturalidad, más allá de las concepciones tradicionales de integración; hacia las edades, más allá de enfoques adultocráticos. Materializar la construcción de autonomía en un marco de fraternidad, puede requerir cuatro nuevas transformaciones: hacia la renta básica, para garantizar condiciones materiales de existencia y libertad real; hacia la transición ecosocial, para construir justicia climática global y soberanías de proximidad; hacia los cuidados, como bienes comunes relacionales orientados a superar vulnerabilidades cotidianas; y hacia la agenda urbana, para asegurar el derecho a la ciudad.

2) Democratizar la ciudadanía social. El estado de bienestar keynesiano se inscribió en una doble coordenda institucional: un modelo de democracia representativa con procesos limitados de implicación ciudadana; y un esquema burocrático de gestión pública heredero de dogmas weberianos. Ambos parámetros guardan relación: una democracia de baja calidad participativa encaja bien con una administración de baja intensidad deliberativa. Hacia finales del s.XX la ofensiva mercantilizadora diseña, en el plano de la administración, el esquema del New Public Management (NPM): transferencia de la lógica empresarial al ámbito público, externalizaciones y sustitución de ciudadanos por clientes. Hoy, en pleno s.XXI, la reconstrucción de la ciudadanía social afronta el reto de impulsar el giro hacia lo común: superar tanto el monopolismo burocrático como el NPM y convertir los derechos sociales en ámbitos de profundización democrática. La gobernanza participativa y relacional implica políticas generadoras de democracia activa, servicios reconfigurados como bienes comunes, y prácticas ciudadanas como espacios de autogestión de derechos. Supone una esfera pública articulada por redes público-comunitarias, procesos de coproducción, e iniciativas de innovación social. Una gobernanza orientada a vertebrar lo común más que a gestionar burocracias. Con una administración democrática y deliberativa; y una acción colectiva declinada en términos de construir, más que de resistir.

3) Fortalecer la proximidad y la ciudadanía multiescalar. La sociedad industrial generó marcos nacionales de gestión del conflicto de clases, el contrato social fraguó en el espacio de los estados. A finales del s. XX, los procesos incipientes de europeización / descentralización implicaron un cambio en la geografía del bienestar: el viejo esquema dió paso a las primeras redes multiescalares. En el ámbito europeo cuajaron dos opciones estratégicas. Priorizar la agenda urbana/regional de los programas de cohesión y apostar por un engranaje de gobernanza compleja. La Unión jugaría un papel relevante; pero lejos de excluir, operaría como palanca de activación de políticas sociales multinivel. En el s.XXI, las transiciones ahondan en el giro socioespacial y la escala europea aborda dos retos simultáneos: ampliar capacidades de gobierno en consonacia con el carácter global de los nuevos riesgos ecosociales, y democratizar procesos para trabajar de forma más cooperativa y horizontal con los espacios de proximidad. En el ámbito urbano, irrumpen nuevas fragilidades conectadas a la transición sociocultural (crisis de los cuidados, dificultades de acogida, soledades) que remiten a una arquitectura más cotidiana de los derechos sociales. Aparecen también fracturas vinculadas a la transición socioeconómica (desahucios, gentrificación, segregación residencial) que convocan a reconstruir ciudadanía desde la centralidad del hábitat. Frente a la trazabilidad local de los cambios, emerge el reto de fortalecer el bienestar de proximidad por medio de políticas ubicadas en los márgenes del estado social: inclusión, cuidados, vivienda, movilidad sostenible… Reescribir, en síntesis, una institucionalidad con más poder en el territorio: allí donde las cosas pasan, donde late la inteligencia colectiva para abordarlas.

Tejer ciudadanía social en el siglo XXI es tarea tan compleja como necesaria. El cambio de época nos ubica en transiciones vitales donde crecen miedos y esperanzas, incertidumbres y oportunidades. Forjar contratos sociales, ecológicos y de género conectados a esas nuevas realidades implica superar muchas coordenadas del viejo modelo de bienestar. Supone vertebrar un campo de políticas y prácticas donde la igualdad pueda conversar con las diferencias; donde la autonomía personal pueda hacerlo con la fraternidad. Supone también vincular lógicas de protección con más y mejor democracia; conectar la transformación de las administraciones con la articulación de lo común. E implica, finalmente, fortalecer las dimensión de proximidad de los derechos sociales, con el muncipalismo como motor de ciudadanía en marcos cooperativos de gobernanza multiescalar.