Las revoluciones son un asunto propio
No conozco un dolor
que no merezca ser compadecido.
Ningún silencio reina
sin temer el momento de romperse.
No hay poderes injustos
que no sepan controlar la rebeldía
tejida por sus sombras.
Salgo a la calle, leo los periódicos,
navego el mar de leva que mueve las noticias,
observo las coronas, las órdenes exactas,
los palcos de la fiesta,
lejanamente oigo
la voz de los discursos.
Después de las llamadas de teléfono.
de los barcos hundidos,
del pescado sin sal
y de los comentarios
son estas las razones de que siga en política.
El mundo es triste y duele
y no existe un dolor
que no merezca ser compadecido.
El reino del silencio
a veces se ha llenado de música en dos ojos,
en una libertad provisional
o en una historia que nos cuentan.
Y la sombra alargada del poder
esconde limoneros de dignidad,
documentos alegres que resisten
y lagrimas de menta para la despedida.
Por eso sé que las revoluciones
son un asunto propio
como ropa que duerme a los pies de la cama .
La tristeza del mar cabe en un vaso de agua
Los hombres tristes
que tienen en sus ojos un café de provincias,
que no saben mentir como quien dice,
que se esconden detrás de los periódicos,
que se quedan sentados en su silla
cuando la fiesta baila,
que gastan por zapatos una tarde de lluvia,
que saludan con miedo,
que de pronto una noche se deshacen,
que cantan perseguidos por la risa,
que abrazan, que importunan hasta quedarse solos,
que retornan después a su tristeza
igual que a su pañuelo y a su vaso de agua,
que ven cómo se alejan las novias y los barcos,
esos hombres manchados por las últimas horas
de la ocasión perdida,
se parecen a mí.
(Luis García Montero)

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